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¡Bienvenido, otoño!

¡Delicioso otoño! Mi alma está muy apegada a él, si yo fuera un pájaro volaría sobre la tierra buscando los otoños sucesivos.
George Elliot

Con rigurosidad y puntualidad astronómica, cada 21 de septiembre se produce el equinoccio de otoño en el hemisferio norte, coincidente con el de primavera en el austral. Son días equivalentes, convergentes y con idénticas connotaciones de duración e inclinación del eje en ambos mitades terrestres, pero que marcan un devenir divergente en el tiempo que le sigue: mientras en la zona boreal del planeta los días se acortan hasta llegar al solsticio de invierno, en la zona austral aumentan hasta el solsticio estival, cada uno de ellos con sus consecuencias asociadas.
Aunque comience el otoño astronómico y los días se vayan acortando, las características que lo acompañan como temperaturas menos cálidas, mayor frecuencia de precipitaciones o la paulatina caída de las hojas en los árboles de follaje caduco no siguen, en ningún caso, un calendario regular.
Sabemos que una de las características del tiempo atmosférico es la irregularidad y que, con el cambio climático que se está produciendo por la acción de los seres humanos, esta irregularidad se acentúa y radicaliza aún más con fenómenos atmosféricos inusualmente potentes.
Nuestra atención pretende detenerse en esta ocasión en cómo recibimos a la estación entrante, cómo la percibimos a través de nuestros sentidos o nuestras emociones, centrándonos en ella o en el camino que finalizará en el invierno. 
Te propongo una mirada al otoño y las sensaciones que nos evoca a través de obras de autores como Machado, Benedetti, Schubert, MahlerThoreau y Pfitzner. Si te gusta... ¡Comparte, comenta, sugiere!


Después de un verano que viene marcado por las altas temperaturas y la época en que con mayor asiduidad se desarrollan las vacaciones, la llegada del otoño supone un regreso a la rutina y los horarios habituales. Poco a poco se irán produciendo cambios en la vegetación, tanto la que se haya en plena naturaleza como la que nos acompaña en las calles, plazas y parques de nuestras ciudades. Una mirada atenta nos facilitará la admiración de estos cambios.
Henry David Thoreau cambió radicalmente cuando decidió abandonar la vida que llevaba e instalarse en una pequeña cabaña construida por él mismo en el pantano de Walden, cerca de su natal Concord en el estado de Massachussets. Allí buscó simplificar su vida y dedicar todo el tiempo a la contemplación de la naturaleza y la escritura. Fruto de esta experiencia surgieron libros como Una semana en los ríos Concord y Merrimack, Walden o Autumnal Tints (Colores de otoño) o La desobediencia civil, un rechazo a pagar impuestos por la esclavitud que se practicaba en el país y que lo llevó a la cárcel.
Colores de otoño (1862) es un libro singular en el que Thoreau muestra al lector toda la belleza y la riqueza que nos aporta la naturaleza. De él y la experiencia del escritor estadounidense tratamos en Los colores del otoño, una mirada a la variedad y riqueza que la naturaleza, de forma especial la otoñal, nos ofrece.


Nacido poco después de publicar su libro Thoreau, Hans Erich Pfitzner fue un compositor, pianista y director de orquesta ruso que desarrolló la mayor parte de su vida profesional en Alemania, hubo de abandonar el país por su oposición al nazismo, finalizando su existencia en Salzburgo en 1949.


De carácter un tanto tosco para las relaciones sociales y prácticamente olvidado en la actualidad, estuvo influido por la obra de Wagner, compuso algunos conciertos para piano, violín o violonchelo, sinfonías, obras de cámara y varias óperas entre las que destaca Palestrina, considerada su obra maestra y por la que es recordado.
Además, compuso casi medio centenar de lieder entre los que traemos Herbstbild (Imagen de otoño), un lied de 1907 para voz de tenor o soprano basado en un poema de Friedrich Hebbel que nos ofrece, como su título indica, una instantánea de un día otoñal centrado en lo que denomina «la fiesta de la naturaleza.»


La interpretación de Herbstbild corresponde al tenor alemán Christoph Prégardien acompañado al piano por Michael Gees en un audio grabado en 2001 para Naxos of America.

La rutina nos trae y nos lleva, nos pone una suerte de gafas que sólo nos permiten ver lo que tenemos delante y el lugar hacia el que nos encaminamos, sin tiempo para derivar nuestra mirada a lo que nos rodea, a los cambios que se producen a nuestro alrededor.
Busquemos los momentos en que podamos apreciar las sensaciones que nos producen en este tiempo cambiante.
En Campos de Castilla, Antonio Machado dedica uno de sus poemas al pintor Julio Romero de Torres. Amanecer en otoño refleja esas mañanas, imprescindibles y necesarias, para buscar en algunas de las fechas en las que tenemos la posibilidad de apreciar como surge el día.


En ocasiones, el otoño está revestido de un halo de tristeza provocado, indudablemente por el acortamiento de los días, la paulatina desaparición de la luz y el anuncio del cercano invierno que se traduce en obras cercanas a la melancolía que nos puede acompañar.


Escrito en su último año de vida (1828), Franz Schubert utilizó un texto del crítico musical berlinés Ludwig Rellstab, que había visitado en Viena a Beethoven varios años antes con la intención de colaborar en alguna obra. Al parecer, envió al músico de Bonn algunos poemas inéditos suyos para que los llevara al pentagrama y Schindler los derivó a Schubert tras su muerte. Así surgió, entre otros, Herbst (Otoño), un lied que se adecúa al estado emocional del compositor en sus últimos meses de vida, acosado por la enfermedad y que siente el otoño como un tiempo que le acerca al momento en que se marchita la flor de la vida.


El inigualable especialista en lieder Dietrch Fischer-Dieskau interpreta este lied, catalogado como D 945 con el acompañamiento al piano de Alfred Brendel en una grabación de 1983 para Universal Music Group.


Durante mucho tiempo, hasta la edad media, el otoño se consideraba un mero tiempo de paso hacia el invierno, una época cuyo significado fue creciendo con la enumeración de faenas y tareas que se realizaban en el tiempo tanto en los momentos de la recolección de algunos frutos y cosechas tras el verano, como de la preparación para el invierno cercano. 
En un mundo cada vez más alejado de estas labores en el entorno natural, el otoño se ha visto también como una metáfora de la vida, unos años previos al invierno de la vejez, una etapa de tránsito cuya importancia radicaba precisamente en esa espera.
No dejemos que estas ideas impregnen de melancolía los días que se acortan, las temperaturas que dejan de ser exageradas o las precipitaciones que vuelven -o deben volver-, sino que acojamos con ilusión renovada los detalles, los momentos, las sensaciones que el otoño nos ofrece.

En Insomnio y duermevelas, el poeta uruguayo Mario Benedetti nos invita a aprovechar aquello que el otoño nos ofrece antes de la llegada del invierno, pensando lógicamente en los meses de marzo, abril y mayo del hemisferio austral, pero que podemos y debemos acoger en nuestro tiempo de otoño. 


Nuestra última mirada al otoño rebosa de melancolía y soledad, pero se desarrolla plena de la belleza y la sensibilidad que caracterizan a su autor.
Todo comenzó cuando Theobald Pollack regaló a Gustav Mahler el libro Die chinesische Flöte (La flauta china), una recopilación de antiguos poemas del país asiático del que el compositor seleccionó algunos de ellos y los publicó al año siguiente con el nombre de Das Lied von Erde (La canción de la Tierra), un ciclo que acabó formado por seis de esos poemas en una composición para orquesta y dos cantantes.


Escrita en uno de los momentos más trágicos de su vida, cuando acababa de fallecer su hija mayor, cuando cesó en su cargo de director de la Ópera de Viena y fue diagnosticado de una enfermedad del corazón que acabaría con su vida pocos años después, La canción de la Tierra es una obra dividida en seis movimientos, cada uno de ellos formado por una canción que funciona como un gran conjunto y que también puede interpretarse cada una de sus partes independientemente.
En su orquestación, Mahler incluyó algunos rasgos como el uso de la escala pentatónica o la utilización de algunos instrumentos propios del país oriental.
El segundo de los movimientos, Der Einsame im Herbst (El solitario en otoño) se basa en versos de Tchang-Tsi, el más conocido poeta errante de la dinastía Tang que vivió en el siglo VIII y se interpretan con el tempo Etwas Schieichend Ermudet (algo así como Ligeramente arrastrándose), una indicación que refleja el sentimiento y estado de ánimo que acoge al solitario protagonista y que, indudablemente, era compartido por el propio compositor. 


La contralto Anna Larsson interpreta este segundo movimiento de La canción de la Tierra de Mahler acompañada por la Royal Concertgebouw Orchestra de Leipzig dirigida por Fabio Luisi en una interpretación que se grabó en la ciudad alemana en mayo de 2011.

Feliz otoño.

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Bibliografía y webgrafía consultadas:

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